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Ernesto Che Guevara

Adquiriendo el temple

Los meses de marzo y abril de 1957 fueron de restructuración y aprendizaje para las tropas rebeldes. Después de recibido el refuerzo al partir del lugar denominado La Derecha, nuestro ejército tenía unos 80 hombres y estaba formado así:

La vanguardia, dirigida por Camilo, tenía cuatro hombres. El pelotón siguiente lo llevaba Raúl Castro y tenía tres tenientes con una escuadra cada uno; eran éstos, Julito Díaz, Ramiro Valdés y Nano Díaz. Estos dos compañeros, Díaz de apellido, que murieran heroicamente en El Uvero, no tenían ningún parentesco entre sí. Uno de ellos era natural de Santiago; la refinería Hermanos Díaz, en esa ciudad, se honra con ese nombre en recuerdo de Nano y otro hermano que cayera en Santiago de Cuba. El otro, un compañero de Artemisa, veterano del Granma y del Moncada, que cumplió su último deber en el ataque a Uvero. Con Jorge Sotús, capitán a la sazón, iban de tenientes Ciro Frías, muerto luego en el frente Frank País; Guillermo García, jefe del ejército de occidente en la actualidad y Rene Ramos Latour, muerto con el grado de comandante en la Sierra Maestra. Después venía el estado mayor o comandancia, que. estaba integrada por Fidel, comandante en jefe; Ciro Redondo; Manuel Fajardo, hoy comandante del ejército; el guajiro Crespo, comandante; Universo Sánchez, hoy comandante y yo, como médico.

El pelotón que habitualmente seguía, en la marcha lineal de la columna, era el de Almeida, capitán en esa época cuyos tenientes eran Hermo, Guillermo Domínguez, muerto en Pino del Agua, y Peña. Efigenio Ameijeiras, con el grado de teniente, con tres hombres, cerraban la marcha y hacían la retaguardia.

La gente empezaba a aprender a cocinar por escuadras, pues nuestro grupo combativo era de esa dimensión, de tal modo que se distribuían los alimentos, la medicina y el parque, en esa forma. Más o menos en todas las escuadras, y, en todo caso, en todos los pelotones, había veteranos que enseñaban a los nuevos el arte de cocinar, de sacarle el máximo provecho a los alimentos; el arte de acondicionar mochilas y la forma de caminar en la Sierra.

El camino entre la zona de La Derecha, del Lomón y Uvero puede hacerse en algunas horas de automóvil, pero para nosotros significó meses de camino lento, con precauciones, llevando la misión fundamental de preparar a la gente para los combates y la vida posterior. Fue así como pasamos nuevamente por Altos de Espinosa, donde los viejos hicimos una guardia de honor ante la tumba de Julio Zenón, caído algún tiempo antes. Allí encontré un pedazo de mi frazada, todavía prendido de las zarzas como recuerdo de la “retirada estratégica” a toda velocidad. Lo metí en mi mochila, haciéndome la firme proposición de no perder nunca más un equipo en esa forma.

Se me fio un nuevo compañero —Paulino se llamaba— como ayudante para cargar las medicinas, de tal manera que mi tarea estaba un poco aliviada y podía dedicarme durante algunos minutos en el día, después de las caminatas, a atender la salud de nuestra tropa. Volvímos a pasar por la Loma de Caracas, donde tan desagra dable encuentro habíamos tenido con la aviación enemiga gracias a la traición de Guerra y encontramos un fusil de aquellos que sobraban y que algún soldado nuestro dejara en la retirada para marcharse mejor. Ya no le sobraban fusiles a la tropa; al contrario, le faltaban. Estábamos, en una nueva época. Se había producido un cambio cualitativo; había toda una zona donde el ejército enemigo! trataba de no incursionar para no topar con nosotros, aunque es cierto que nosotros tampoco demostrábamos todavía mucho interés en chocar con ellos. La situación política por aquellos momentos estaba llena de matices de oportunismo. Los conocidos vozarrones de Pardo Liada, Conte Agüero y otras auras de la misma calaña, abundaban en exabruptos demagógicos, llamando a la concordia y a la paz y, tímidamente, criticando al gobierno. Había hablado el gobierno de paz; el nuevo primer ministro, Rivero Agüero, manifestaba que iría, si fuera necesario, a la Sierra Maestra para lograr pacificar el país. Sin embargo, pocos días después, Batista manifestó que no era necesario hablar con Fidel o con los alzados;

que Fidel Castro no estaba en la Sierra, decía, y que alli no había nadie; por lo tanto, no había por qué hablar “con un grupo de forajidos”.

Así se manifestaba por la parte batistiana la voluntad de seguir la lucha, única cosa en que nos poníamos fácilmente de acuerdo, pues también era nuestra decisión la de continuarla a todo trance. En ésos días nombraban jefe de operaciones al coronel Barrera, muy conocido por su gula para con las raciones de los soldados, el que después viera extinguirse el fenómeno batistiano tranquilamente, desde Caracas, la capital de Venezuela, donde era agregado militar.

Teníamos por aquel momento unas figuras simpáticas que sirvieron para la propaganda, casi comercial de nuestro movimiento, en los Estados Unidos, y que nos trajeron, dos de ellos sobre todo, algunos inconvenientes. Eran los tres muchachos yanquis escapados a sus padres de la base naval de Guantánamo, que se habían incorporado a la lucha. Dos de ellos, nunca oyeron un tiro en la Sierra y, agotados por el clima y las privaciones, bastante grandes, se retiraron llevados por el periodista Bob Taber. El otro participó en la batalla de Uvero y después se retiró también enfermo, pero actuó en un combate. Los muchachos, ideológicamente, no estaban preparados para una revolución y, simplemente, saciaron su afán de aventuras en nuestra compañía durante algunos meses. Los vimos ir con afecto, pero también con alegría. Sobre todo yo, personalmente, pues en mi calidad de médico caían frecuentemente sobre mis espaldas debido a que no aguantaban los rigores de la vida de aquella época.

En aquellos mismos días, el gobierno paseó, en un avión del ejército, a varios miles de metros de altura, a los periodistas, demostrándoles que no había nadie en la Sierra Maestra. Fue una curiosa operación que no convenció a nadie y una demostración de la forma que utilizaba el gobierno batistiano para engañar a la opinión pública con la ayuda de todos los Conte Agüero disfrazados de revolucionarios que hablaban cotidianamente, engañando al pueblo. Durante estos días de prueba, a mi me llegó por fin la oportunidad de una hamaca de lona. La hamaca es un bien preciado que no había conseguido antes por la rigurosa ley de la guerrilla que establecía dar las de lona a los que ya se habían hecho su hamaca de saco, para combatir la haraganería. Todo el mundo podía hacerse una hamaca de saco, y, el tenerla, le daba derecho a adquirir la próxima de lona que viniera. Sin embar go, no podía yo usar la hamaca de saco debido a mi afección alérgica; la pelusa me afectaba mucho y me veía obligado a dormir en el suelo. Al no tener la de saco, no me correspondía la de lona. Estos pequeños actos cotidianos son la parte de la tragedia individual de cada guerrilla y de su uso exclusivo; pero Fidel se dio cuenta y rompió el orden para adjudicarme una hamaca. Siempre me acuerdo que fue en las orillas del río La Plata, subiendo ya las últimas estribaciones para llegar a Palma Mocha y un día después de comer nuestro primer caballo.

El caballo fue más que un alimento de lujo, especie de prueba de fuego de la capacidad de adaptación de la gente. Los guajiros dé nuestra guerrilla, indignados, se negaron a comer su ración de caballo, y algunos consideraban casi un asesino a Manuel Fajardo, cuyo oficio en la paz, matarife, era utilizado en acontecimientos como éste cuando sacrificó el primer animal.

Este primer caballo perteneció a un campesino llamado Popa, del otro lado del río La Plata. Popa debe ya saber leer, después de esta campaña de alfabetización, y podrá entonces, si llega a sus manos la revista Verde Olivo1, recordar aquella noche en que tres guerrilleros patibularios golpearon las puertas de su bohío, lo confundieron además, injustamente, con un chivato y le quitaron aquel caballo viejo, con grandes mataduras en el lomo, que fuera nuestra pitanza horas después y cuya carne constituyera un manjar exquisito para algunos y una prueba para los estómagos prejuiciados de los campesinos, que creían estar cometiendo un acto de canibalismo, mientras masticaban al viejo amigo del hombre.

1En la cual fueron publicadas originalmente estas páginas (N del E.)

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