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Che Guevara.

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Ernesto Che Guevara

Un episodio desagradable

Luego del combate de Pino del Agua, nos dimos a la tarea de mejorar todo el aparato organizativo de la guerrilla, en ese momento fortalecida por algunas unidades de Fidel, para hacerla más útil en su función de cuerpo combativo.

La escuadra del teniente López, que se había distinguido en Pino del Agua y cuyos integrantes eran todos muchachos muy serios, fueron elegidos como miembros de una comisión de disciplina, que se encargaría de vigilar y hacer cumplir las normas establecidas en cuanto a vigilancia, disciplina en general, limpieza del campamento y moral revolucionaria. Pero la comisión tuvo una vida efímera y se disolvió en circunstancias trágicas a los pocos días de creada.

Por aquella época, en la zona de la loma llamada La Botella, en un pequeño campamento que habitualmente usábamos como estación de tránsito, ajusticiamos a un antiguo desertor de la columna, de apellido Cuervo, el que meses atrás se había fugado con un fusil; no conocimos el paradero posterior del arma pero si de las actividades de este sujeto, pues, bajo el pretexto de luchar por la causa revolucionaria y ajusticiar chivatos, estaba simplemente esquilmando a todo un sector de la población de la Sierra, quizás en connivencia con el ejército.

Los trámites fueron muy expeditivos, dada su condición de desertor, precediéndose a su eliminación física. El procedimiento de ajusticiar individuos antisociales que al amparo de la situación de fuerza existente en la comarca cometían fechorías, desgraciadamente tuvo que ser empleado con alguna frecuencia en la Sierra Maestra.

Nos enteramos de que Fidel había acabado su recorrido por la zona del Sonador, después de llegar a Chivirico, y estaba de vuelta en nuestros predios, por lo cual fuimos caminando hacia Peladero tratando de conectamos lo más rápidamente posible con él.

En esa época había un comerciante de la zona costeña, llamado Juan Balansa, cuyas conexiones con la dictadura y con los latifundistas eran marcadas, aunque no se podía decir de él que fuera un elemento activamente hostil contra nuestras guerrillas; pero, además, Juan Balansa tenia un mulo de mucha fama en la zona como animal resistente y útil y, como impuesto de guerra, se lo quitamos.

El mulo nos llegó en la zona llamada de Pinalito, cerca del río Peladero, a cuyas márgenes debíamos bajar por farallones cortados casi a pico. Se presentaba la disyuntiva de sacrificarlo y llevar la carne en pedazos, dejarlo en territorio hostil o tratar de que el animal caminara hasta donde pudiera. Decidimos probar, ya que matarlo y transportar la carne era muy difícil; el animal bajó en forma decidida y segura por lugares en los que había que deslizarse sujeto a bejucos o agarrándose como se pudiera a la saliente del terreno, cuando incluso la pequeña mascota que llevábamos —un perrito— tenía que ser transportado en brazos de los combatientes. Dio una demostración de dotes gimnásticas extraordinarias.

Repitió la. hazaña al cruzar el rio Peladero, en esta zona llena de grandes piedras, mediante una serie de saltos espeluznantes sobre las rocas y esto le salvó la vida; posteriormente fue montado por mí, constituyendo mi primera cabalgadura estable hasta que cayó en manos de Sánchez Mosquera en uno de los tantos encuentros que tuvimos en la Sierra.

En las márgenes del rio Peladero sé suscitó el episodio desagradable que motivara la extinción de la comisión de disciplina. Ésta venía trabajando frente a la resistencia de una serie de compañeros inconformes con el establecimiento de normas disciplinarias, lo que obligaba a tomar medidas drásticas.

Uno de los grupos del pelotón de retaguardia, jugó una broma de mal gusto a todos los miembros de la comisión, haciéndolos acudir rápidamente para el análisis de un problema muy grande, según ellos, el que era una suciedad que habían dejado para mofa de los compañeros. A resulta de esto, fueron presos varios de los componentes del grupo. Entre ellos estaba Humberto Rodríguez, tristemente célebre por su afición a hacer de verdugo en ios casos en que debíamos realizar la penosa tarea de ajusticiar a un delincuente y que, posteriormente al triunfo de la Revolución asesinara a un preso en colaboración con otro soldado rebelde fugándose ambos de la cárcel de la Cabana.

Dos o tres compañeros se encarcelaron junto con Humberto; en las condiciones de la guerrilla, la cárcel no significaba gran cosa, pero cuando la falta era grave se recurría al expediente de dejar sin comer, durante uno o varios días, al que infringiera la disciplina y éste sí era un castigo sentido. Dos días después del incidente, cuando todavía estaban presos los actores principales, se anunció que Fidel estaba cerca, en la zona llamada de El Zapato, y allí fui a recibirle y entrevistarme con él. Habían pasado pocos minutos de la entrevista, cuando llegó Ramiro Valdes con la noticia de que Lalo Sardiñas, al castigar impulsivamente a un compañero indisciplinado y pretender darle con la pistola en la cabeza se le había escapado un tiro, matándolo en el acto. Había un principio de motín en la tropa. Inmediatamente me personé en el lugar, poniendo bajo custodia a Lalo; el ambiente contra él era muy hostil y los combatientes exigían un juicio sumarísimo y el ajusticiamiento.

Empezamos a tomar declaraciones y a buscar pruebas. Las opiniones se dividían y había quienes manifestaban directamente que había sido un asesinato premeditado y otros que fue un accidente. Independientemente de esto, el hecho de castigar físicamente a un compañero era un acto no permitido en la guerrilla y del cual Lalo Sardiñas era reincidente. Era difícil la situación; el compañero Sardiñas había sido un combatiente de mucho valor, un defensor exigente de la disciplina y un hombre de gran espíritu de sacrificio. Quienes pedían más encarnizadamente la pena de muerte no eran, ni mucho menos, lo mejor del grupo. Una serie de factores, entre los cuales estaba muy presente la lucha por implantar la disciplina jugaban un papel determinante.

Las declaraciones de los testigos continuaron hasta la noche. Fidel vino a nuestro campamento; era partidario de no aplicar la pena de muerte, pero no juzgó prudente tomar una decisión de esa naturaleza sin consultar con todos los combatientes. Siguió entonces una etapa del juicio en la cual nos tocó a Fidel y a mí la tarea de ser defensores de un reo que, impasible, escuchaba cómo se deliberaba acerca de su suerte, sin dar la más mínima señal de temor. Después de muchos discursos impulsivos en que solicitaban su muerte, me tocó hablar para pedir se reflexionara bien sobre el problema; trataba de explicar que la muerte del compañero debía ser achacada a las condiciones de la lucha, a la misma situación de gue rra, y que, en definitiva, el dictador Batista era el culpable. Pero mis palabras sonaban muy poco convincentes ante ese auditorio hostil.

Ya estaba entrada la noche; se habían encendido algunas antorchas, de pino y algunas velas para proseguir la discusión. Fidel entonces habló durante una larga hora explicando el por qué, en su opinión, no debía ser ajusticiado el compañero Sardiñas. Y explicaba todos los defectos que teníamos; la falta de disciplina, otras faltas que cometíamos a diario, las debilidades que ocasionaban y cómo, en definitiva, el acto repudiable fue cometido en defensa del concepto de la disciplina y que había que considerar siempre esto. Su voz y su presencia en el monte, alumbrado por las antorchas, adquirían tonos patéticos y se notaba cómo muchas gentes cambiaban de idea por la opinión de nuestro líder.

Su enorme poder de persuasión fue puesto a prueba aquella noche.

A pesar de su elocuencia, no todo estaba claro; en definitiva se pensaba que debíamos poner a votación las alternativas: pena de muerte inmediata por fusilamiento o degradación y el subsiguiente castigo.

Muchas fuerzas, producto de los ánimos encendidos, se movían en esta pequeña elección serrana en la cual estaba en juego la vida de un hombre. Hubo que suspender la votación porque algunos lo hacían dos veces y porque se hacía propaganda tergiversando las condiciones planteadas. Se volvió a explicar cuáles eran las alternativas a votar, pidiendo a todo el mundo que expresara claramente su voluntad.

En una pequeña libreta de notas me tocaba a reí ir haciendo el cómputo de votos emitidos. Lalo era querido por muchos de nosotros; reconocíamos su culpa pero deseábamos que se salvara, como un elemento valioso para la Revolución. Recuerdo que Oniria, una muchachita que se había unido a nuestra columna, casi una niña en aquella época, preguntaba con voz angustiada si ella también podía votar como combatiente de la columna. Se le permitió y, después que todos lo hicieron, empezó el cómputo.

En pequeños cuadritos, similares a los que se usan en medicina para el conteo de laboratorio, iba llevando los resultados de esta extraña votación. Sumamente pareja fue y después de algunas alternativas, la opinión, de los ciento cuarenta y seis integrantes de la guerrilla que votaron, se dividió entre setenta y seis que se inclinaron por otro tipo de pena y setenta que pidieron la pena de muerte. Lalo se había salvado.

Esto no acabó aquí. Al día siguiente un grupo de inconformes con la decisión que había adoptado la mayoría, decidió retirarse de la guerrilla. Había una serie de elementos de muy poca categoría humana pero también muchachos valiosos. Paradójicamente, el teniente jefe de la unidad de disciplina y varios de los componentes de la escuadra, descontentos se retiraban del Ejército Rebelde. Recuerdo algunos nombres; un compañero llamado Curro, otro Pardo Jiménez que, a pesar de ser sobrino de un ministro de Batista, participaba en la lucha. También Antonio López se retiraba. No conozco el destino de estos compañeros, pero con ellos, se fueron también tres hermanos Cañizares, cuyos destinos no fueron heroicos. Uno murió en Playa Girón y otro fue prisionero allí, en el intento de invasión de los mercenarios. Aquellos hombres que no respetaron la mayoría y que demostraron su inconformidad abandonando la lucha, después se pusieron al servicio del enemigo y vinieron como traidores a luchar en nuestro suelo.

Se habían formado ya fuerzas que daban caracterís-ticas nuevas al desarrollo de nuestra guerra revoluciona ria; se estaba profundizando la conciencia de los dirigentes y de los combatientes; hacía carne en nosotros la necesidad de una reforma agraria y de cambios profundos e integrales en el andamiaje social que era necesario llevar a cabo para sanear el país. Pero esta profundización de la conciencia de los más y los mejores, provocaba choques con una serie de elementos que habían ido a la lucha sólo por un afán de aventuras o, quizás para recoger no sólo laureles sino también bienestar económico de esa participación.

Se retiraron algunos otros descontentos cuyos nombres en este momento no recuerdo, pero sí me viene a la memoria el de uno llamado Roberto que después contó toda una historia muy larga y mentirosa al ridículo de Conte Agüero, el que la publicó en Bohemia. Lalo Sardinas fue destituido y condenado a. ganar su rehabilitación peleando sólo con una pequeña patrulla contra el enemigo. Decidía irse con él uno de nuestros tenientes, Joaquín de ]a Rosa, que era tío de Lalo. En remplazo del capitán Sardiñas, Fidel me dio uno de sus mejores combatientes: Camilo Cienfuegos, que pasaba a ser capitán de la vanguardia de nuestra columna.

Inmediatamente teníamos que ponemos en camino para liquidar el intento de unos bandoleros, que, amparados en el nombre de nuestra Revolución, estaban cometiendo sus fechorías en los escenarios primeros de nuestra lucha y en la zona cercana a Caracas y El Lomón. La primera tarea de Camilo en nuestra columna fue marchar a paso rápido para tomar prisioneros a todos estos elementos y poder juzgarlos posteriormente.

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