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Ernesto Che Guevara

Fin de un traidor

Después de reunido este pequeño ejército, se resolvió dejar la región de El Lomón y dirigirse a otras nuevas; mientras tanto, íbamos haciendo contactos con campesinos de la zona y estableciendo las bases necesarias para nuestra subsistencia. Al mismo tiempo, nos separábamos de la Sierra Maestra y fuimos caminando hacia la zona del llano, hacia lugares donde teníamos que ver a la gente de la organización de las ciudades.

Pasamos por un poblado llamado La Montería y después acampamos en un pequeño cayo de monte en las cercanías de un arroyo, finca perteneciente a un señor llamado Epifanio Díaz, cuyos hijos militaban en la Revolución.

Nos acercábamos para poder establecer contacto más estrecho con el Movimiento, pues nuestra vida nómada y clandestina hacía imposible un intercambio entre las dos partes del Movimiento 26 de Julio.

Prácticamente, eran dos grupos separados, con tácticas y estrategia diferentes. Todavía no se habían producido las hondas di visiones que meses más tarde pondrían en peligro la unidad del Movimiento, pero ya se veía que los conceptos eran diferentes.

En esa misma finca vimos a las figuras más importantes del Movimiento en la ciudad; entre ellas, tres mu jeres conocidas hoy por todo el pueblo de Cuba: Vilma Espín, hoy presidenta de la Federación de Mujeres y compañera de Raúl; Haydée Santamaria, presidenta de la Casa de las Américas y compañera de Armando Hart y Celia Sánchez, nuestra querida compañera de todos los momentos de la lucha que, un tiempo después, se incorporara definitivamente a las guerrillas para no dejarnos más. Otra figura llegada era Faustino Pérez, un. viejo conocido nuestro, compañero del Granma, que había ido a cumplir algunas misiones en la ciudad y retornaba a informar, para seguir en su misión urbana. (Poco después caería preso.)

Además conocimos a Armando Hart y para mi fue la única oportunidad de tener contacto con el gran dirigente de Santiago, Frank País.

Frank País era uno de esos hombres que se imponen en la primera entrevista su semblante era más o menos parecido al que muestran las fotos actuales, pero tenía unos ojos de una profundidad extraordinaria.

Difícil es hoy referirse a un compañero muerto, que se conoció una sola vez y cuya historia está en manos del pueblo. Yo sólo podría precisar en este momento que sus ojos mostraban enseguida al hombre poseído por una causa, con fe en la misma y, además, que ese hombre. era un ser superior. Hoy se le llama, “el inolvidable Frank País”; para mí que lo vi una vez, es así. Frank es. otro de los tantos companeros cuya vida tronchada en flor hoy hubiera estado dedicada a la tarea común de la Revolución socialista; es parte del duro precio que pagó el pueblo para lograr su libertad.

Nos dio una callada lección de orden y disciplina,, limpiando nuestros fusiles sucios contando las balas y ordenanckdas para que no se perdieran. Desde ese día, me hice el propósito de cuidar más mi arma (y lo cumplí, aunque no puedo decir que fuera un modelo de meticulosidad tampoco).

Pero también fue escenario de otros acontecimientos ese pequeño cayo de monte. Por primera vez nos iba a visitar un periodista y ese periodista era extranjero; se trataba del famoso Matthews que solamente llevó a la conversación una pequeña camarita de cajón, con la que sacó las fotos tan difundidas luego y controvertidas por las manifestaciones estúpidas de un ministro de Batista. El traductor fue en aquella época Javier Pazos que luego se incorporaría también a las guerrillas donde permaneció algún tiempo.

Matthews, según me contara Fidel, porque yo no fui testigo presencial de esa entrevista, hizo preguntas concretas y ninguna capciosa, se mostró como un simpatizante de la Revolución. Recuerdo los comentarios de Fidel, cómo él le había contestado afirmativamente la pregunta de si era antimperialista y cómo había objetado la entrega de armas a Batista demostrándole que esas armas no serían para la defensa intercontinental, sino solamente para oprimir al pueblo.

La visita de Matthews, naturalmente, fue muy fugaz. inmediatamente quedamos solos; estábamos listos para marcharnos. Sin embargo nos avisaron que redobláramos la vigilancia, pues Eutimio estaba en los alrededores;

rápidamente se le ordenó a Almeida que fuera a tomarlo preso. La patrulla estaba integrada, además por Julito Díaz, Ciro Frías, Camilo Cienfuegos y Efigenio Ameijeiras. Ciro Frías fue el encargado de dominarlo, tarea muy sencilla, y fue traído a presencia nuestra donde se le encontró una pistola 45, 3 granadas y un salvoconducto de Casillas. Naturalmente, después de verse preso y de habérsele encontrado esas pertenencias, ya no le cupo duda de su suerte. Cayó de rodillas ante Fidel, y simple

mente pidió que lo mataran. Dijo que sabía que merecía la muerte. En aquel momento parecía haber envejecido, en sus sienes se veía un buen números de canas, cosa que nunca había notado antes. Este momento era de una tensión extraordinaria. Fidel le increpó duramente su traición y Eutimio quería solamente que lo mataran, reconociendo su falta. Para todos los que lo vivimos es inolvidable aquel momento en que Ciro Frías, compadre suyo, empezó a hablarle; cuando le recordó todo lo que había hecho por él, pequeños favores que él y su hermano hicieron por la familia de Eutimio, y cómo éste había traicionado, primero haciendo matar al hermano de Frías —denunciado por Eutimio y asesinado por los guardias unos días antes— y luego tratando de exterminar a todo el grupo. Fue una larga y patética declamación que Eutimio escuchó en silencio con la cabeza gacha. Se le preguntó si quería algo, y él contestó que si, que quería que la Revolución, o, mejor dicho, que nosotros nos ocupáramos de sus hijos.

La Revolución cumplió. El de Eutimio Guerra es un nombre que ahora resurge al recuerdo de estas notas, pero que ya ha sido olvidado quizás hasta por sus hijos; estos van con otro nombre a una de las tantas escuelas y reciben el tratamiento de todos los hijos del pueblo, preparándose para una vida mejor, pero algún día tendrán que saber que su padre fue ajusticiado por el poder revolucionario debido a su traición. También es de justicia que sepan que aquel campesino que se. dejó tentar por la corrupción e intentó cometer una felonía impulsado por el afán de gloria y dinero, además de reconocer su falta, de no pedir ni por asomo una clemencia que sabía no merecía, se acordó en el último minuto de sus hijos y para ellos pidió un trato benevolente y la preocupación de nuestro jefe. En esos minutos se desató una tormenta muy fuerte y oscureció totalmente: en medio de un aguacero descomunal, cruzado el cielo por relámpagos y por el ruido de los truenos, al estallar uno de estos rayos con su trueno consiguiente en la cercanía, acabó la vida de Eutímio Guerra sin que ni los compañeros cercanos pudieran oír el ruido del disparo.

Al día siguiente, lo enterramos allí mismo y hubo un pequeño incidente que recuerdo. Manuel Fajardo quiso ponerle una cruz y yo me negué porque era muy peligroso para los dueños de la hacienda que quedara ese testimonio del ajusticiamiento. Entonces grabó sobre uno de los árboles cercanos una pequeña cruz. Y ésa es la señal que indica dónde están enterrados los restos del traidor.

El gallego A. Moran se separó de nosotros en esos momentos, él sabía lo poco que lo apreciábamos ya, y todos lo considerábamos un desertor en potencia (había desaparecido dos o tres días con el pretexto que había corrido tras las huellas de Eutimio y se perdiera en el monte).

En el momento que nos aprestábamos a partir sonó un disparo y encontramos a Morán con la pierna atravesada por una bala. Los compañeros que estaban cerca sostuvieron, en esos días, enconadas discusiones, pues unos decían que el tiro fue casual y otros que se lo dio para no seguir.

La historia posterior de Morán, con su traición y su muerte a manos de los revolucionarios en Guantánamo, indica que muy probablemente se dio el tiro intencionalmente.

Al, salir, quedó Frank País en mandar un grupo de hombres para los primeros días del mes de marzo siguiente; el punto de reunión sería la casa de Epifanio Díaz en las cercanías del Jíbaro.

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