Che Guevara.

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Ernesto Che Guevara

Lidia y Clodomira

Conocí a Lidia, apenas a unos seis meses de iniciada la gesta revolucionaria. Estaba recién estrenado como comandante de la Cuarta Columna y bajábamos, en una incursión relámpago, a buscar víveres al pueblecito de San Pablo de Yao, cerca de Bayamo, en las estribaciones de la Sierra Maestra. Una de las primeras casas de la población pertenecía a una familia de panaderos. Lidia, mujer de unos cuarenta y cinco años, era uno de los dueños de la panadería. Desde el primer momento, ella cuyo único hijo había pertenecido a nuestra columna. se unió entusiastamente y con una devoción ejemplar a los trabajos de la Revolución.

Cuando evoco su nombre, hay algo más que una apreciación cariñosa hacia la revolucionaria sin tacha, pues tenía ella una devoción particular por mi persona que la conducía a trabajar preferentemente a mis órdenes cualquiera que fuera el frente de operaciones al cual yo fuera asignado. Incontables son los hechos en que Lidia intervino en calidad de mensajera especial, mía o del Movimiento. Llevó a Santiago de Cuba y a La Habana los más comprometedores papeles, todas las comunicaciones de nuestra columna, los números del periódico El Cubano Libre; traía también el papel, traía medicinas, traía, en fin, lo que fuera necesario, y todas las veces que fuera necesario.

Su audacia sin límites hacía que los mensajeros varones eludieran su compañía. Recuerdo siempre las apreciaciones, entre administrativas y ofuscadas, de uno de ellos que me decía: "Esa mujer tiene más... que Maceo, pero nos va a hundir a todos; las cosas que hace son de loco, este momento no es de juego." Lidia, sin embargo, seguía cruzando una y otra vez las líneas enemigas.

Me trasladaron a la zona de la Mina del Frío, en las Vegas de Jibacoa, y allí fue ella dejando el campamento auxiliar del cual había sido jefa, durante un tiempo, y a los hombres a los que mandó gallardamente y, hasta un poco, tiránicamente, provocando cierto resquemor entre los cubanos no acostumbrados a estar bajo el mando de una mujer. Ese puesto era el más avanzado de la Revolución, situado en un lugar denominado la Cueva, entre Yao y Bayamo. Hube de quitarle el mando porque era una posición demasiado peligrosa y, después de localizada, eran muchas las veces que los muchachos tenían que salir a punta de bala de ese lugar. Traté de quitarla definitivamente de allí pero sólo lo conseguí cuando me siguió al nuevo frente de combate.

Entre las anécdotas demostrativas del carácter de Lidia recuerdo ahora el día en que murió un gran combatiente imberbe de apellido Geilín, de Cárdenas. Este muchacho integraba nuestra avanzada en el campamento cuando Lidia estaba allí. Al ella ir hacia el mismo, retornando de una misión, vio a los guardias que avanzaban sigilosamente sobre el puesto, respondiendo sin duda a algún "chivatazo". La reacción de Lidia fue inmediata; sacó su pequeño revólver 32 para dar la alarma con un par de tiros al aire; manos amigas se lo impidieron a tiempo, pues les hubiera costado la vida a todos; sin embargo, los soldados avanzaron y sorprendieron la posta del campamento. Guillermo Geilín se defendió bravamente hasta que, herido dos veces, sabiendo lo que le pasaría después si caía vivo en manos de los esbirros, se suicidó. Los soldados llegaron, quemaron lo que había quemable y se fueron. Al día siguiente encontré a Lidia. Su gesto indicaba la más grande desesperación por la muerte del pequeño combatiente y también la indignación contra la persona que le había impedido dar la alarma. A mí me mataban, decía, pero se hubiera salvado el muchacho; yo, ya soy vieja, él no tenía 20 años. Ese era el tema central de sus conversaciones. A veces parecía que había un poco de alarde en su continuo desprecio verbal por la muerte, sin embargo todos los trabajos encomendados eran cumplidos a perfección.

Ella conocía como me gustaban los cachorros y siempre estuvo prometiéndome traer uno de La Habana sin poder cumplir su promesa. En los días de la gran ofensiva del ejército, llevo Lidia, a cabalidad, su misión. Entró y salió de la Sierra, trajo y llevó documentos importantísimos, estableciendo nuestras conexiones con el mundo exterior. La acompañaba otra combatiente su estirpe, de quien no recuerdo más que el nombre, como casi todo el Ejército Rebelde que la conoce y la venera: Clodomira. Lidia y Clodomira ya se habían hecho inseparables compañeras de peligro, iban y venían juntas de un lado a otro.

Había ordenado a Lidia que, apenas llegada a Las Villas, después de la invasión, se pusiera en contacto conmigo, pues debía ser el principal medio de comunicación con La Habana y con la Comandancia General de la Sierra Maestra. Llegué, y a poco encontramos su carta en la cual me anunciaba que me tenía un cachorro listo para regalármelo y que me lo traería en el próximo viaje. Ese fue el viaje que Lidia y Clodomira nunca realizaron. A poco me enteré que la debilidad de un hombre, cien veces inferior como hombre, como combatiente, como revolucionario o como persona, había permitido la localización de un grupo entre los que estaban Lidia y Clodomira. Nuestros compañeros se defendieron hasta la muerte; Lidia estaba herida cuando la llevaron. Sus cuerpos han desaparecido; están durmiendo su último sueño, Lidia y Clodomira, sin duda juntas como juntas lucharon en los últimos días de la gran batalla por la libertad.

Tal vez algún día se encuentren sus restos en algún albañal o en algún campo solitario de este enorme cementerio que fue la isla entera. Sin embargo, dentro del Ejército Rebelde, entre los que pelearon y se sacrificaron en aquellos días angustiosos, vivirá eternamente la memoria de las mujeres que hacían posible con su riesgo cotidiano las comunicaciones por toda la isla, y, entre todas ellas, para nosotros, para los que estuvimos en el Frente número 1 y, personalmente, para mí, Lidia ocupa un lugar de preferencia. Por eso hoy vengo a dejar en homenaje estas palabras de recuerdo, como una modesta flor, ante la tumba multitudinaria que abrió sus miles de bocas en nuestra isla otrora alegre.

[Publicado con el título "Lidia" en Humanismo, 53-54, enero abril de 1959.]

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